mindfulness

Mindfulness Meditación

Historia adaptada del libro “El Silencio” de Thich Nhat Hanh

Una mañana me fui de Bao Quoc para visitar mi templo como hacía cada mes. Me sentía alegre y feliz por la perspectiva de ver a mi maestro y a mis compañeros del monasterio. Al empezar a subir una colina, oí una voz llamándome. En la cima vi a un soldado francés haciéndome señas con la mano y creyendo que se burlaba de mí por ser monje, seguí andando. Pero de pronto oí el repiqueteo de las botas del soldado corriendo a mis espaldas. Me detuve y le esperé hasta que se acercó.

– ¿A dónde vas? -me preguntó en vietnamita, aunque por su acento deduje que era francés y que su conocimiento del vietnamita era muy limitado. Le sonreí.

– Si te hubiera respondido en vietnamita, ¿me habrías entendido? – le pregunté en francés.

Al descubrir que yo hablaba francés, se alegró. Me dijo sólo quería preguntarme algo.

-Solo quiero saber de qué templo eres – preguntó

Cuando le respondí que vivía en el Templo de Bao Quoc, mostró un gran interés por él.

– ¡El Templo de Bao Quoc! – repitió -. ¿Es el templo grande de la colina que hay cerca de la estación de tren?

Al asentir yo con la cabeza, me señaló con el dedo una pequeña estación de bombeo para extraer agua en la ladera de la colina. Por lo visto era su puesto de guardia.

-Si no estás demasiado ocupado, me encantaría que subieras a charlar un poco conmigo –me pidió.

Me contó que diez días atrás había visitado con otros cinco soldados más el Templo de Bao Quoc.

Habían ido al templo a las diez de la noche en busca de militantes del Vietminh, los resistentes vietnamitas, ya que les habían comunicado que se reunirían allí.

-Estábamos decididos a capturarlos. Teníamos órdenes de arrestarlos e incluso de matarlos si era preciso. Pero cuando entramos en el templo, quedamos sorprendidos.

– ¿Porque había muchos resistentes vietnamitas? – pregunté.

– ¡No! ¡No! -exclamó él-. Lo que pasó fue de lo más inesperado. Normalmente siempre que hacemos registros en los lugareños huyen corriendo o son presa del pánico, pero cuando entramos en el recinto del Templo fue como entrar en un lugar desierto. La luz que difundían las lámparas de aceite era muy tenue. Avanzamos por la gravilla pisando fuerte para hacer ruido aposta, y me dio la impresión de que el templo estaba lleno de gente, pero no oímos a nadie. Reinaba un absoluto silencio. Los gritos que lanzó uno de mis compañeros me produjeron una gran incomodidad. Nadie respondió. Encendí la linterna y al enfocar con el haz de luz una sala que parecía vacía, vi cincuenta o sesenta monjes sentados meditando en silencio – expuso.

-Claro, porque llegasteis a la hora de la sesión nocturna de meditación – le expliqué.

Sí, fue como si hubiéramos irrumpido en un extraño campo energético cargado de una fuerza invisible – afirmó. Nos quedamos tan desconcertados que dimos media vuelta y regresamos al patio. ¡Los monjes nos ignoraron! No dijeron ni mostraron el menor signo de pánico o de miedo, ni una sola palabra como respuesta,

– No os ignoraron, simplemente estaban concentrados en la respiración, eso es todo – le dije.

– La calma de esos monjes me fascinó –admitió el soldado-  Se ganaron todo mi respeto. Nos quedamos plantados en silencio en el patio y esperamos una media hora. Luego oímos una serie de campanas sonando y el templo volvió a la actividad habitual. Un monje encendió una antorcha y nos invitó a pasar, pero le contamos por qué estábamos allí y luego nos marchamos sin más. Aquel día mis ideas sobre los vietnamitas empezaron a cambiar.

Entre nosotros hay muchos jóvenes –prosiguió – Añoramos nuestro hogar, echamos de menos a nuestra familia. Nos han enviado aquí a matar a militantes del Vietminh, pero no sabemos si serán ellos los que nos matarán a nosotros y ya no volveremos nunca más a casa. Ver a los lugareños reconstruir sus casas destrozadas me recuerda las vidas destrozadas de mis parientes en Francia

Y prosiguió – me pregunto por qué hemos venido a este lugar. ¿De dónde viene ese odio tan fuerte entre los militantes del Vietminh y los franceses que nos ha hecho viajar hasta aquí para luchar contra ellos?

Tremendamente emocionado, le cogí la mano. Le conté la historia de un viejo amigo mío que se había alistado para luchar contra los franceses. Un día llegó al templo donde yo residía y me abrazó echándose a llorar desconsoladamente. Me contó que, al atacar una fortaleza, mientras estaba agazapado detrás de unas rocas, vio a dos soldados franceses jóvenes sentados charlando. Cuando vi las caras alegres e inocentes de aquellos chicos, fui incapaz de dispararles. Tal vez los demás me tachen de cobarde y blando y digan que si todos los combatientes vietnamitas fueran como yo al cabo de poco se habrían apoderado de nuestro país. ¡Pero por un instante, quise al enemigo tanto como mi madre me quiere a mí! Sabía que la muerte de esos dos jóvenes causaría un gran sufrimiento a sus madres en Francia.

¿Te das cuenta? -le dije al soldado francés. El corazón de ese joven soldado vietnamita estaba lleno de amor. El joven se quedó callado, absorto en sus pensamientos. Quizá, como yo, era cada vez más consciente de lo absurda que es la guerra y del sufrimiento de tantos jóvenes muriendo de una forma injusta y terrible.

El soldado me dijo que se llamaba Daniel y que tenía veintiún años. Lo habían enviado a Vietnam poco después de acabar el instituto. Me mostró fotografías de sus hermanos más pequeños. Nos separamos con la sensación de habernos comprendido mutuamente y me prometió que iría a visitarme al templo los domingos.

Durante los meses siguientes me iba a ver en cuando le era posible. Le enseñé un poco de vietnamita y al cabo de dos meses ya podíamos conversar un poco en mi lengua natal. Me conto que ya no tenía que hacer más incursiones como antes y compartí con él el gran alivio que esta noticia le producía.

Había días en los que conversábamos sobre espiritualidad y literatura. Cuando yo elogiaba la literatura francesa, le brillaban los ojos de alegría, se sentía orgulloso de la cultura de su país. Nuestra amistad se volvió cada vez más estrecha.

Pero un día me dijo que iban a enviar su unidad a otra zona y que lo más probable era que volviera pronto a Francia y nos despedimos emocionados

-Te escribiré, hermano – me dijo.

-Me alegrará mucho recibir una carta tuya y yo te responderé- le contesté

Un mes más tarde, recibí una carta suya en la que me contaba que iba a volver a Francia, pero que luego seguramente iría a Argelia. Desde entonces ya no he sabido nada más de él. ¡Quién sabe dónde estará ahora! ¿Seguirá con vida? Pero lo que sí sé es que la última vez que lo vi estaba en paz consigo mismo.

Aquel momento de profundo silencio en el templo lo había cambiado. Dejó que su corazón se llenara de las vidas de todos los seres vivos y vio el sinsentido y la destructividad de la guerra. Y todo esto fue posible gracias al instante de detención total y absoluta y de apertura al a ese poderoso, curativo y milagroso océano del llamado silencio.

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