mindfulness

Meditación

Sigue meditando

Medita cada día para que tu vida no quede atrapada en interferencias sin sentido y puedas desarrollar tu potencial como ser humano.

Medita cada día para pensar, actuar y comunicarte desde tu interior de forma más clara y espaciosa.

Medita cada día para conectar con tu trabajo, para que tu trabajo te haga ser mejor persona y no para tener que trabajar para ser una mejor.

Cuando meditas lo suficiente las capas de tensión comienzan a desvanecerse.

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La leyenda de los ahora

La leyenda de los Ahora

Cuenta una leyenda universal que, hace muchas épocas, las personas eran animales simbióticos: iban siempre acompañadas de un pájaro diminuto, de plumaje brillante y canto melódico, que eran como un susurro. Se llamaban Ahora.

Los Ahoras acompañaban a los humanos día y noche, revoloteando por sus cabezas en silencio, eran pajaritos muy sabios y sencillos. Cada vez que sus simbiontes contemplaban un paisaje hermoso, miraban a alguien a los ojos, o vivían cualquiera de esos mágicos eventos que suelen discriminarse solo por ser cotidianos, el Ahora les daba un pequeño picotazo en la cabeza de la persona y cantaba; entonces las personas tenían un Momento de Consciencia. Vivían el presente con más nitidez y eran felices. De hecho, los Ahoras se alimentaban de las emociones que se desprendían de estos momentos, y de ahí la simbiosis.

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Hasta los años 90, el único contexto de investigación de la meditación era el espiritual y, por tanto, no había investigación científica. Afortunadamente, a principios de este siglo ha habido un acercamiento entre la ciencia y la tradición. La comunidad científica se ha dado cuenta del análisis pormenorizado que hacen de la mente las tradiciones meditativas, en especial las orientales. Ahora, la comunidad científica, liderada entre otros por Richard Davidson, está encontrando enormes similitudes entre sus últimos avances en neurociencia y lo que ya estaba escrito en textos remotos como el Satipatthana Sutta sobre los resultados práctica de la meditación y están encontrando los “porqués” de sus beneficios.

La neurociencia ya ha ratificado los beneficios de la Meditación Mindfulness en cuatro grandes áreas de la mente:

El proceso atencional: Aumenta la capacidad de atención, focalización y concentración. Se practica mediante técnicas como la atención a la respiración y se relaciona con el córtex cingulado anterior.

La conciencia corporal: Disminuye la tendencia a juzgar la experiencia interna, nos ayuda a comprender la experiencia externa y nos otorga una mayor capacidad de tomar decisiones. Se practica mediante técnicas como body-scan y se relaciona principalmente con la ínsula.

La regulación emocional. Durante la meditación, uno se expone a todo lo que está presente en el campo de la conciencia, observando estas experiencias sin alterarlas o reaccionar a ellas. Eso permite atender a las emociones o sensaciones desagradables desde una actitud genera habituación y mayor capacidad de sostenerlas y regularlas. Se practica mediante técnicas de atención a los contenidos emocionales y se relaciona con la amígdala, el córtex prefrontal y el hipocampo.

Cambios en la perspectiva del yo. Se conoce como el «no-yo» y emerge con la experiencia de la práctica continuada. La observación sin juicio y amable de la experiencia permite la desidentificación de los contenidos de la conciencia, hecho que sucede al observar su naturaleza cambiante e impropia. El experimentarse uno mismo no separado del resto, de la mano de la observación del cambio constante, permite el proceso de repercepción de uno mismo. Se practica mediante técnicas de atención a los contenidos mentales y la meditación de la bondad. Se relaciona con el córtex cingulado posterior, el núcleo accumbens y la ínsula.

Y entrando en la explicación científica del porqué la observación sin juico cambia el cerebro, quería empezar resaltando a Joseph LeDoux, (NY City, 7 de diciembre de 1949), quien descubrió en el año 1984 una vía de comunicación desde el tálamo (la parte que recibe y gestiona la información de los sentidos) hasta el córtex prefrontal (la parte racional del cerebro) que pasa por la amígdala.

Antes se creía que sólo había una línea directa desde el tálamo hasta el córtex. La visión convencional de la neurociencia era que el ojo, el oído y otros órganos sensoriales transmiten señales al tálamo y, desde ahí, a las regiones del córtex encargadas de procesar las impresiones sensoriales y organizarlas tal y como las percibimos y ya está.

Al intervenir la amígdala todo cambia, ya que ella tiene un papel crucial en la regulación emocional, es como una especie de centinela psicológico que afronta toda situación, toda percepción, considerando una sola cuestión, la más primitiva de todas: la supervivencia. Así que eso supuso una revolución a la hora de comprender la importancia de la gestión de las emociones para los seres humanos.

Años después se pudo medir, gracias a la técnica de neuroimagen, que la vía tálamo-amígdala-córtex es mucho más rápida que la vía tálamo-córtex. La primera tarda unos 220-250 ms, en cambio la segunda tarda entre 60 y 80 ms hasta la amígdala y unos 100-120 ms más de la amígdala al córtex haciendo un total de 160-200ms.

Eso quiere decir que la amígdala, que forma parte del cerebro inconsciente, se entera antes que nosotros de lo que ocurre. Así que primero sentimos y luego comprendemos.

LeDoux nos dice “La amígdala asume el control cuando el cerebro todavía no ha llegado a tomar ninguna decisión. Así pues, la emoción es más fuerte que la razón, porque es fácil para la emoción controlar la reflexión, y en cambio es muy difícil que el pensamiento racional controle la emoción. Cuando sentimos ansiedad o depresión, la razón puede decir basta, pero casi nunca consigue eliminarlas”

Años después se ha demostrado que la práctica de meditación ayuda a establecer conexiones más potentes en la misma vía, pero en el sentido contrario, es decir, entre el córtex prefrontal y la amígdala, según varios estudios de la investigadora Sara Lazar entre otros.

Se ha observado que cuando hay mucha conexión en la dirección amígdala-córtex y poca en la dirección contraria hay mucha reactividad, poca regulación emocional. El hecho de meditar, y la clave está en el hecho de observar sin jugar y sin reaccionar, facilita que las vías de conexión de vuelta a la amígdala se refuercen, consiguiendo de esta manera enseñar a la amígdala a no reaccionar tanto y estableciendo así las bases de una mejor regulación emocional.

Sara Lazar ha podido probar estos cambios en personas que han realizado programas de Mindfulness y también ha probado que si se deja la práctica estos caminos también se van borrando; así que solamente manteniendo la práctica podemos conservar caminos fuertes de vuelta del córtex a la amígdala.

Para finalizar y, en este sentido, LeDoux nos dice «Hay muchas más fibras nerviosas en el sentido de la amígdala al córtex que en el sentido contrario. De modo que cuando meditamos trabajamos el refuerzo de las señales que van del córtex a la amígdala, también lo conseguimos cuando vamos al psicólogo haciéndolo gracias a las palabras. En cambio, la farmacoterapia trabaja de otra manera, hace que las vías de comunicación que van de la amígdala al córtex tengan menos potencia, ayudando a debilitar las señales que van en este sentido».

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Luna

Famoso como la Luna

Hay un antiguo relato Tibetano que se titula «El padre de «Famoso Como La Luna»» y es muy parecido a nuestro cuento de la lechera.

Ambas historietas, tanto ésta como la del cuento de la lechera, tienen que ver la pérdida de tiempo que supone fantasear sobre las opciones del futuro sin estar anclado al momento presente, y dice así:

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Mindfulness Meditación

Una mañana me fui de Bao Quoc para visitar mi templo como hacía cada mes. Me sentía alegre y feliz por la perspectiva de ver a mi maestro y a mis compañeros del monasterio. Al empezar a subir una colina, oí una voz llamándome. En la cima vi a un soldado francés haciéndome señas con la mano y creyendo que se burlaba de mí por ser monje, seguí andando. Pero de pronto oí el repiqueteo de las botas del soldado corriendo a mis espaldas. Me detuve y le esperé hasta que se acercó.

– ¿A dónde vas? -me preguntó en vietnamita, aunque por su acento deduje que era francés y que su conocimiento del vietnamita era muy limitado. Le sonreí.

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