mindfulness

No hagas nada

Hace 6 años perdí la vista en una época de mucho estrés acumulado y estando de baja. Tuve una parálisis del cuarto par craneal y eso afectó a los movimientos oculares de mis ojos. Ambos ojos ya no funcionaban a la vez y, algo que hasta entonces había funcionado como un reloj suizo, se estropeó. Los síntomas: ves todo borroso, te mareas muchísimo y aparece un dolor de cabeza en forma de pinchazos en toda la cabeza realmente insoportable.

Lo más curioso de todo es que si te tapas un ojo lo ves todo bien, ves en dos dimensiones pero bien, aunque te sigues mareando igual y el dolor de cabeza persiste. En ese tiempo me di cuenta que los neurólogos saben muchas cosas pero pocas veces pueden solucionarlas; empiezan a entender cosas del cerebro pero tocarlo ya es otra cosa.

Después de visitar a dos especialistas y de tres resonancias magnéticas en distintas zonas de la cabeza las instrucciones fueron claras: Nunca te tapes un ojo, si lo haces el cerebro se acostumbrará y no vas a recuperarte. En cambio, hay veces que, con el tiempo, el propio cerebro se “desinflama” y se va recuperando.

En ese tiempo estaba visitando a un osteópata y cuando fui de nuevo a su consulta en la clínica Dexeus (iba acompañado porque sólo no podía ir a ninguna parte) le conté lo ocurrido me dijo algo que recuerdo perfectamente: “No hagas nada”. Yo le pregunté, ¿Pero cómo? Y reiteró:  “Nada es nada, no hagas nada!. Ven a verme cada dos semanas y, el resto del tiempo, asegúrate que no haces nada. Dormir, comer, mear y cagar y, el resto del tiempo descansa tu cuerpo y tu mente”.

A los dos meses de intentar “no hacer nada” empecé a ver algo  de claridad por la parte de arriba a la derecha del ojo izquierdo cuando estaba recostado hacia la derecha, después mi rango se fue ampliando y, al cabo unas semanas más, ya veía bien si estaba totalmente recostado a derecha. Después empecé a ver algo si estaba recostado hacia la izquierda y, al final, días después recuperé totalmente la visión; fue como un milagro. Años después me di cuenta que esa instrucción fue la clave para mi recuperación; fue ese “No hagas nada” y él, Juan Carlos, es la inspiración de este texto sobre la no-dualidad.

Empezaré recordando que nuestra capacidad de atención suele estar muy dispersa, estamos siempre hacia afuera con los sentidos y estamos hacia adentro inmersos con pensamientos y emociones o reaccionando a todo tipo de sensaciones. Dar cuenta de ello no suele ser satisfactorio y solemos agobiarnos ¿Cómo no?, para salir de ese agobio tenemos un par de recursos usados hasta la saciedad: la imaginación y la fantasía. Ambas están bien y con ellas creamos mundos en nuestra mente pero abusamos ¿son un soporte o una vía de escape?. A veces nos enganchamos a fantasear, suponer o rumiar y eso nos aleja poco a poco de la realidad y, a la vez, creando patrones que, al final, nos separan del resto y no nos permiten ver la realidad tal y como es.

Como sabemos, en meditación entrenamos que la atención esté siempre presente. O sea, la atención debe estar presente en el momento presente de forma constante y nada más. Ojo! Estar siempre presente no es “no pensar”, como estar presente tampoco es “pensar todo el rato en mis cosas” o “pensar hacia cualquier lugar de pasado o futuro”. Meditar nos permite ir poniendo orden a todo ese desbarajuste de historias mentales que nos invaden cada día y lo hacemos con la inestimable colaboración del presente. Sin el presente no hay meditación, sólo viajes de recuerdos hacia imaginaciones y al revés y este estado suele ser el enfermizo habitual del ser humano del siglo XXI.

En resumen, la instrucción en meditación es fácil: “Nos quedamos quietos, dejamos que la información que nos mandan los cinco sentidos no capture nuestra atención y nos dirigimos hacia la observación del espacio interior”.

Existe un tipo de práctica llamada “advaita” que nos invita a dirigir la atención hacia un espacio extremadamente peculiar, hacia la atención misma:  “Atiendo a mi consciencia”, así que para empezar y acercarme a la consciencia (que es muy escurridiza) busco un lugar cercano. Es como el campo base antes de acceder al pico de una montaña. Entonces, me dirijo al espacio del pensamiento y no hago nada, de esta manera puedo experimentar que los contenidos mentales se disuelven. Me doy cuenta del contenido mental, no lo persigo y, puffff, se disuelve; y así una vez tras otra. Así actúa el momento presente, como un catalizador total, dado que es la única manera que permite convertir “algo” en real.

Una vez te has establecido en ese espacio, tratas de situar la atención a aquello que observa la presencia o ausencia de contendidos mentales, es decir, a la propia consciencia. Dicho de otra manera, pongo toda mi predisposición a ser testimonio del testimonio, a ser testigo de la base o sustrato desde el que aparecen y se disuelven los pensamientos. De esa manera tan peculiar ejercito mi capacidad de ser consciente de mí mismo, más allá de lo que pienso, digo u hago y entreno mi desidentificación con los contenidos mentales.

La práctica informal de la meditación advaita, la del día a día, nos invita a conectar hacia afuera a través de los sentidos con total atención, igual que hace un gato (siempre bien atento) y, entonces, al hacerlo de una manera totalmente concentrada lo que desaparece es el observador, se despersonaliza la acción que hago, se difumina el concepto del yo. No hay un sujeto que haga algo, sino que uno lo hace y ya está, de esta manera consigo desidentificarme de mí mismo.

Por lo tanto, en el estado advaita empiezo actuando en dos frentes, hacia dentro en meditación observando y aprendiendo a no identificarme con mis contenidos mentales y también hacia afuera, viviendo la vida sin tomarme las cosas de forma personal. De esta manera empieza el proceso de desidentificación absoluta y, entonces, aparecen otros estados de conciencia más pacíficos y conscientes.

Así pues, si logramos situarnos en el momento presente  atendiendo de forma simultanea hacia uno mismo (el sujeto) y hacia afuera (el objeto) de forma constante va emergiendo el estado de no-dualidad.

En ese estado, el observador ya no es distinto de lo observado, hay mera observación.  En la observación hay pensamiento, claro que lo hay y eso no es ningún problema, el problema aparecería si hubiese personalización de ese pensamiento. De manera que si uno está fundido con el momento presente, el pensamiento que emerge está despersonalizado, dado que surge de la no división entre sujeto y objeto.

Ese estado sería al que comúnmente le llamamos “no pensar”, estar totalmente conectado con lo que uno hace y, cuando uno se siente así, ¡no piensa!,  porque no hay sujeto que piense y, a la vez si hay pensamiento; de la misma manera que cuando uno observa de forma despersonalizada no hay observador separado del resto y, de nuevo, el observador y lo observado son la misma cosa.

Así que el problema no es el pensamiento en sí, sino la personalización de ese pensamiento cuando tiene que ver con la realidad de afuera y la identificación de ese pensamiento si tiene que ver con la experiencia interior.

El estado de no-dualidad es un estado poco conocido y, a la vez, uno de los más interesantes del ser humano. En ese estado se experimenta una sensación parecida al hecho de no sentirse indispensable, a que todo funciona exactamente tanto si uno está como si no está. Un estado en el que no hay nada que hacer, nada que conseguir, no hay esperanza ni falta que hace, no hay tiempo ni se le espera y el truco es “estar atento y no hacer nada”.

No hagas nada. Si quieres que algo ocurra, no hagas nada por un rato. Si quieres que algo no ocurra, no hagas nada. Si quieres que no ocurra nada, tampoco hagas nada.

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